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28/3/21

Reseña: Cómo acabar sigilosamente con la humanidad



Quienes me conocen saben que no suelo disfrutar con el humor negro. Por supuesto, pienso que nadie debería ser juzgado por un chiste, sea del tipo que sea, pero no puedo evitar sentir rechazo por aquellos que atacan a colectivos a los que considero vulnerables o por los que siento aprecio. Eso es así, soy totalmente consciente de mis sesgos, y reconozco que los chistes me molestan menos si el colectivo al que critican disfruta enfundándose camisa de estreno mientras se toma el aperitivo cara al Sol.

Pero vamos a la ciencia, que es de lo que hablo yo en este blog. Precisamente por ese rechazo mío al humor negro, cuando apareció en Twitter la cuenta de @CoronaVid19 tuve un momento de recelo. ¿En serio iba a hacer chistes sobre una enfermedad que ya había matado a cientos de personas en Asia? (sí, yo al principio pensé que no llegaría aquí, siento mucho no ser vidente). Sin embargo, me bastó un pequeño vistazo para comprobar que, en realidad, no era ese tipo de humor negro que yo tanto odiaba. Y, ojo, no digo que hubiese sido peor si hubiese sido así. Que algo me moleste a mí no significa que sea necesariamente malo. El caso es que, ya libre de prejuicios, comencé a disfrutar mucho, tanto de su cuenta como de las del resto de virus que comenzaron a aparecer de repente en esta red social. 


Con el tiempo, aquella pandemia lejana nos dio de lleno y los chistes se hicieron más locales. Comentaba sus vivencias desde el interior de Santiago Abascal y de Irene Montero. Tenía caña para todos, pero seguía sin molestarme. De hecho, para mí ya era una vía de escape dentro de toda la vorágine de incertidumbre, miedo y estrés en la que se había convertido la cuarentena. Por eso, cuando leí que el coronavirus de Twitter había escrito un libro supe que quería leerlo. Tenía muchísima curiosidad por saber si había conseguido llevar el formato de los tuits a la narrativa, sin perder su humor. Pero, sobre todo, como persona que se dedica a comunicar la ciencia, me interesaba comprobar si podría considerarse un libro divulgativo. No hago spoiler, sigue leyendo para saber qué opino.


De Twitter a tu estantería


Cuando leo un libro que pretendo reseñar, suelo hacer fotos con el móvil de los fragmentos que me gustan y me gustaría citar o tener en cuenta a la hora de comentarlo. Puede que no sea el mejor método, pero los post it se despegan, mi abuelo me enseñó que las esquinitas de las páginas no se doblan y lo de subrayar libros que no sean de texto me parece una pandemia de las que no te cuentan en el telediario.


El caso es que apenas llevaba 20 páginas de este libro cuando la galería de imágenes del móvil ya me iba a petar. Esta anécdota me parece la mejor forma de comenzar a explicar lo que me ha parecido el libro. Es todo un compendio de citas para recordar, en las que vale la pena detenerse un momento. No voy a enseñarlas todas por aquí, porque rozaría la piratería. Básicamente, os contaré que comienza dejando claro que la estupidez humana es la mayor de las epidemias y que somos precisamente nosotros los culpables de muchos de los males de este mundo. Duele leerlo, pero es una verdad como un templo. Puede que nosotros no tengamos culpa directamente de que este virus desconocido saltara de los murciélagos a los humanos, usando una especie de transición que todavía no tenemos clara un año después.


Pero sí somos culpables de que muchos países hayan llegado a esta situación rogándole a la ciencia, pero sin invertir en ella. También tenemos culpa del negacionismo, de los movimientos antivacunas o de que solo parezca importarnos aquello que nos toca de cerca. Mucho antes de ser pandemia, la COVID-19 solo nos importó cuando entró de lleno en occidente. Y esto no es algo nuevo. Muchas epidemias en África o Sudamérica pasan sin pena ni gloria mientras no vengan a perturbarnos al resto. Demasiado lejos para atraer nuestro interés. Creemos que por echar un par de euros en la hucha del Domund cuando se acercaron a pedirnos en el mercado ya tenemos limpia nuestra conciencia. Sin embargo, nos olvidamos de algo tan simple como interesarnos por lo que les ocurre. Ni siquiera hablo de donar dinero o ir a abrir pozos en África. Me refiero a algo tan simple como ser conscientes de sus problemas. Esto es algo en lo que he pensado mucho últimamente y quizás sea uno de los motivos por los que este libro me ha gustado tanto, porque su autor hace mucho hincapié con citas como esta:


“Por eso, [la malaria] vive principalmente en África, Asia y parte de América del sur. Allí hay el triple de gente pobre y todo es mucho más fácil para ella. En África pueden morir niños y no pasa nada, porque al otro lado del charco la gente tiene el estómago lleno y el último iPhone”. 


¿Y la ciencia qué?


Como decía antes, una de mis dudas era si este libro podría considerarse divulgación científica. Incluso antes de leerlo tenía claro que me reiría con él, pero no tanto que fuese a aprender. Y he de decir que sí que lo he hecho. Es cierto que muchos de los datos que menciona sobre la historia de las pandemias ya los conocía, pero otros muchos no. Obviamente, no es una disertación técnica sobre epidemiología, pero sí aporta muchos datos interesantes y bien documentados, que ayudan a comprender mejor cómo nacieron, crecieron, se reprodujeron y murieron las grandes epidemias de nuestra historia. Lo hace dotándolas de cierta personalidad, como en Twitter. Y así, sin darte cuenta, cuando acabas el libro resulta que has aprendido mucha ciencia.


Pero no solo has aprendido curiosidades sobre la malaria, la gripe española o la viruela (entre otras). También has aprendido sobre cómo comportarte ante esta pandemia que nos ocupa. Y es que, en realidad, desde que nació su cuenta de Twitter, el coronavirus ha hecho mucha más divulgación y concienciación que algunos científicos. Su humor negro no es un humor vacío. Cuando celebra que las personas hagan reuniones sin distancia está dejando claro que no deben realizarse. Cuando alaba a quienes se pasean con la nariz fuera de la mascarilla está explicando indirectamente cómo se usa. Y, por supuesto, su odio hacia las vacunas significa que son la única forma que tenemos de acabar con el virus real.


Me gustaría invitar a quienes critican las intenciones de este virus tuitero, argumentando una ofensa hacia las víctimas, a que señalen los tuits o las páginas del libro en las que se las ofende. Y también a que indaguen en busca de consejos para combatir la pandemia. Tendrán difícil encontrar algún ejemplo de lo primero y no les faltarán muestras de lo segundo. 


En definitiva, creo que este libro es una lectura muy recomendable para estos últimos (o no tan últimos) coletazos de pandemia. Una pandemia que se ha llevado muchas vidas antes de tiempo, ha cerrado negocios, ha arrasado con la salud mental de miles de personas, ha aplazado millones de abrazos y ha quitado la máscara a los egoístas. Pero lo que no nos ha quitado todavía ha sido la capacidad de reír. Aunque solo podamos reírnos de nuestras propias miserias. 


PD (no sé si se puede poner posdata en estas cosas, pero es mi blog y hago lo que quiero): En referencia a la foto de portada, si no te lavas las manos llevar guantes no sirve de nada, que os veo venir. Son los guantes de limpiar el baño, pero el postureo es el postureo, ¿qué os voy a contar?


16/9/20

Melanismo y panteras negras, la ciencia que Ana Rosa no te cuenta


 

Para los que no conozcan mis orígenes, soy de Berja, un pueblo de la Alpujarra almeriense conocido por sus fuentes, sus antiguas minas y su pantera. Todo queda en un segundo plano desde que tuvimos una pantera negra campando a sus anchas por un parque periurbano llamado Castala.  Fue allá por 2013, pero hay quien todavía me menciona al escurridizo animalito cuando menciono de dónde soy.

Poco después de que varios vecinos de Berja, entre ellos el entonces alcalde, aseguraran verla, se reportó algún avistamiento por la sierra de Celín, una localidad cercana. Pero ya no se supo más. Hasta ahora. Han tenido que pasar siete años para que se vuelva a hablar de la pantera, aunque esta vez aseguran haberla visto en Ventas de Huelma, un pueblo de Granada. Que probablemente no sea el mismo gato la misma pantera, pero mira, estamos en 2020 y si en el Pisuerga puede haber un cocodrilo yo puedo decir que la pantera de Granada es la de Berja, porque la pobre estaba harta de secano y ya le apetecía ver más mundo.

¿Y qué hago yo ahora hablando de esto?, os preguntaréis. Pues como lo mío es divulgar, o al menos es lo que intento, he pensado que este es un momento perfecto para hablar de panteras y melanismo. Porque no, amigos, la pantera negra no es una especie aparte, sino un leopardo o un jaguar afectado por un exceso de pigmentación. Ana Rosa, ya puedes dormir tranquila.

Todas son panteras

Para empezar, cabe destacar que la pantera no es una especie, sino un género de felinos, al que pertenecen el león, el tigre, el leopardo, el jaguar y el leopardo de las nieves.

Por lo tanto, si somos estrictos, cuando hablamos de panteras nos estaríamos refiriendo a cualquiera de ellos. Pero entonces, ¿qué pasa con las panteras negras?

Pues bien, como ya he avisado en la introducción, se trata de cualquiera de estos animales afectado por un caso de melanismo, aunque principalmente se llama así a leopardos y jaguares.

El melanismo es un fenómeno de origen genético que se caracteriza por un exceso del pigmento melanina, que confiere el color negro a la piel y el pelo de muchos animales. Hace justo un año, por ejemplo, se dio a conocer el caso de un bebé cebra de la reserva del Massai Mara; que, no contenta con el estampado habitual de su especie, se vestía con puntitos en vez de rayas. Dejando a un lado la metáfora cómica de la moda, el suyo era un caso de melanismo, por el que todo su pelo se encontraba teñido de color negro, a excepción de algunos puntitos blancos.

Se debe a mutaciones en diversos genes asociados a la melanina y, al menos en el caso de las panteras, presenta algunas ventajas evolutivas. Por ejemplo, se ha observado que les resulta beneficioso para camuflarse durante la caza nocturna. Incluso se ha llegado a plantear que los animales con melanismo sean más resistentes a algunos virus, aunque esto es algo que se ha investigado poco de momento.

Entonces, ¿qué opino yo de todo esto?

Pues, a ver, a mí me hacía ilusión retomar el blog hablándoos de ciencia y de paso mencionando una historia sobre mi pueblo. Más allá de eso, no soy ninguna experta y no tengo por qué opinar, aunque dudo mucho que haya ninguna pantera.

En su día se dijo que podría haberse escapado de algún circo o de la reserva de Tabernas. Que digo yo, que a lo mejor en Tabernas si se les hubiese escapado el bicho se habrían dado cuenta. Que no es un ratoncito.

Ahora resulta que han tomado una fotografía de la de Granada y, ¿qué queréis que os diga? A mí me parece un gato. Por suerte, esta vez se han dejado de palos de ciego, ni Cuarto Milenio como en Berja ni nada. La cobertura completa de la noticia la está haciendo Ana Rosa, que está súper preocupada desde que tuvo constancia de lo ocurrido, porque resulta que no es una pantera cualquiera, sino una pantera negra.

Y claro, posiblemente lo que tema ella es que, al camuflarse tan bien por la noche, pueda atacar al ganado. Algo de eso debe ser, porque no me atrevería yo a pensar que la mujer esté hablando de algo que no sabe. Que estamos hablando de prensa seria, vamos a dejar de pensar siempre mal.

 

12/9/19

Cuatro regalos originales para científicos... aunque no sea Navidad




No es mi cumpleaños, ni mi santo (sí, soy atea y lo celebro) y aún falta mucho para la Navidad. Sin embargo, vengo aquí a reivindicar los regalos porque sí. ¿Por qué no sorprender a esa persona querida con algún detalle sin necesidad de esperar a un día señalado?

Y si esa persona es un amante de la ciencia, en cualquiera de sus vertientes, no hay nada como los regalos frikis-científicos. En el último año he comprado varias cositas en esta línea que me gustaría enseñar por aquí. Salvo uno, la mayoría son productos procedentes de artistas freelance o pequeñas empresas, que se merecen toda mi publicidad, pues no solo vengo a hablaros de los regalos tan chulos que podéis hacer, sino también de lo bien que os van a tratar cuando los compréis. Al fin y al cabo, eso también forma parte de la experiencia. Y, ojo, no es necesario buscar a un friki de la ciencia al que regalar, pues nosotros mismos también somos objetivos perfectos a los que agasajar con caprichos. Al fin y al cabo, si no nos queremos y nos cuidamos nosotros, ¿quién lo va a hacer?

Camisetas frikis para todos los gustos

Empiezo con Nabla. Pero no la marca de maquillaje, sino una mucho más guay: la de camisetas (y más cosas). Descubrí esta pequeña empresa murciana hace como un año, después de que se pusiera al mando de sus redes sociales Santiago Campillo, un estupendo divulgador científico al que sigo desde hace mucho tiempo.

Si tuviera que describir la empresa diría que es algo así como un Pampling para frikis de la ciencia, pues todos sus diseños giran en torno a esta temática. ¡Y qué diseños! Apenas había echado un vistazo a la página cuando ya me había enamorado de uno de ellos.  Creo que no lo he dicho nunca por aquí, pero mi científica favorita de todos los tiempos es Rosalind Franklin, una mujer sin la cual hubiese sido imposible que James Watson y Francis Crick descubrieran la estructura del ADN y que no solo no recibió el premio Nobel junto a ellos y Maurice Wilkins, sino que encima fue criticada duramente por Watson en su libro La doble hélice. Afortunadamente, con los años ha comenzado a recibir parte del reconocimiento que merece y esta camiseta me parece un buen homenaje. En ella se puede ver cómo Rosalind posa con su famosa foto 51 sobre una hélice de ADN en la que se encuentran presos Watson y Wilkins. La figura de este último es menos conocida, pero fue crucial a la hora de usar los resultados de Franklin sin su permiso. Merecía ser preso de la molécula que le valió uno de los premios más ansiados de los científicos. Aunque solo fuera en una camiseta. Por supuesto, al igual que el resto de diseños de la tienda, también puede comprarse en bolsas de tela y delantales. En mi caso tengo una bolsa súper chula que me regalaron con mi pedido y que llevo la mar de orgullosa a hacer la compra regularmente. Por cierto, dejaos de plástico y usad bolsas de tela, pero lavadlas, que luego nos quejamos de los bichitos.

He de decir que pensaba quejarme en esta entrada de que haya en la tienda pocos diseños dedicados a la biología, en cualquiera de sus ramas, pero para esta temporada ya han mostrado en su cuenta de Twitter algunos de los diseños que sacarán a la venta y mis deseos han sido órdenes sin ni siquiera llegar a exponerlos. Vamos, que ya le tengo el ojo echado a una. Para terminar os dejo una foto monísima en la que muestro orgullosa la foto en el mejor de los escenarios. La imagen es obra de mi amiga Mabel Angulo, que está hecha una máquina de la astrofotografía, como podréis comprobar.


Dibujos de pececitos y mucho más


Paso a hablaros un poco de Noëlle S. (@noleesheep), una chica que sin ser científica ni tener su producción artística orientada a la ciencia capta la naturaleza de un modo precioso.

Aparte de retratos, humanos y de mascotas, también hace unas ilustraciones maravillosas, de temáticas de lo más variadas. Pero yo vengo a hablaros concretamente de sus Inktobers. Para los profanos del dibujo, como yo, puede que el nombrecito suene a chino, pero en realidad se trata de un asunto de lo más guay. Resulta que cada mes de octubre sale una lista con 31 palabras, que los participantes del reto deben relacionar con un dibujo cada día. Normalmente todas las ilustraciones de un mismo artista están relacionadas con un único tema. En el caso de Noelia, el año pasado sus dibujos estaban protagonizados por peces y otros animales marinos. He de decir que al conocer el Inktober me aficioné a buscar cada día en Twitter su dibujo y el de algunas otras cuentas que empecé a seguir. Pero no solo podemos disfrutar de verlos en la red social, sino que también es posible comprarlos. Si el artista los pone a la venta, claro. Ella lo hizo y por eso pude hacerme con dos: un original y un print. Para ser sinceros, en un principio quería el original del caballito de mar, pero voló. No es para menos, teniendo en cuenta lo precioso que es. De todos modos, los dos quedan estupendísimos en mi despacho.

Ahora falta muy poco para que llegue octubre y muchos artistas ya han dejado caer la temática que seguirán este año. En el caso de Noelia pasamos de peces a pájaros, así que la naturaleza seguirá estando muy presente. Si tenéis tantas ganas de verlos como yo no dejéis de seguirla en su cuenta de Twitter, donde también irá informando si decide volver a poner a la venta los peces que le sobraron. Además, ahí podéis seguir los capítulos que va publicando en Wattpad de su novela de fantasía y leer las entradas sobre moda, estilo de vida, cuidado personal y muchas cosas más que publica en su blog.

Las libretas más bonitas del mundo


Nunca lo había dicho, pero yo de pequeña gané un premio de dibujo. Tenía 4 años y me presenté a un concurso de la casa de la cultura de mi pueblo. Decidí pintar un paisaje súper bonito, con su casita, sus árboles, su jardín con un caminito que llevaba a un río… Precioso. Merecía el premio. El problema es que me estanqué ahí y si ahora me pidieran que hiciera un dibujo volvería a hacer el mismo paisaje, con la misma casita, los mismos árboles y posiblemente el mismo arte o incluso menos. Vamos, que sigo dibujando como una niña de cuatro años. Una niña con premio. Pero de cuatro años.

Y creo que es precisamente mi nula capacidad para el dibujo la razón por la que admiro tanto a personas como Noelia y como Ana, más conocida como Viana en el mundillo dibujil.

Sus dibujos son la representación gráfica de la palabra cuqui. Sinceramente, no sé si el término está en el diccionario, pero si estuviera debería tener un dibujo de ella al lado. Por eso no es extraño que cuando me enteré de que hacía ilustraciones de mujeres científicas me lanzara como una loca a verlas. ¡Y estaba Rosalind Franklin! En postal, en lámina y en libreta. ¡Libreta! Tampoco lo he dicho por aquí nunca, pero soy una obsesa de las libretas. Tengo muchísimas, la mayoría de ellas en blanco, aunque siempre estoy buscando excusas para empezarlas. Por eso no tardé en decidir que quería una y, ya puestos, dos. También había de Hipatia, y una amiga matemática es muy fan, así que me pareció el regalo perfecto para su cumpleaños. Por desgracia, estaban agotadas (normal), así que le escribí a Ana para preguntarle cuándo las repondría. En todo momento fue súper maja, a pesar de que yo fui especialmente insistente. Pero, tal como prometió, en unos meses volvió a ponerlas a la venta y pude hacerme con ellas. El pedido llegó junto a una postal preciosa de Marie Curie, con una dedicatoria, que tengo colgada en mi tablón de corcho con mucho cariño. Pero no solo están Marie, Rosalind e Hipatia. Hay muchas mujeres más, tanto científicas como escritoras. Y originales de señoras con bragafaja. En serio, no sé a qué esperáis para bichear su página web y su cuenta de Twitter.

Calculadoras científicas… de científicas


Antes de verano empecé a ver por ahí algunas fotos de calculadoras Casio con ilustraciones de mujeres científicas famosas, la mayoría matemáticas y físicas.  Estuve indagando sobre ellas y descubrí que era una iniciativa de la marca, para promover las vocaciones STEM (ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas) entre las niñas, pero que aún no estaban a la venta.
Miré un par de veces más y seguían sin venderse, por lo que por un momento me olvidé. Pero hace unos días recibí una nota de prensa en la que se hablaba del proyecto y se anunciaba que, por fin, podían comprarse.

Se pueden adquirir en Carrefour, Corte Inglés, Alcampo y algunas otras superficies con sección de papelería y hay varios modelos, que no solo difieren en el dibujo de su tapa, sino también en las funciones de la calculadora. No todos los diseños están a la venta, pero en Carrefour pude encontrar varios de ellos. Para mi tristeza, no han sacado ninguna con el dibujo de Rosalind Franklin, que me habría hecho juego con la camiseta de Nabla y la libreta e Viana. Igualmente, había otros muchos muy bonitos. Al no saber muy bien por cuál decidirme, y al no estar el de Cecilia Payne, que me habría encantado, decidí elegir en base al modelo de la calculadora. Al fin y al cabo, aunque para algunos artículos hago cálculos, por lo general no suelen ser muy complicados, así que ya no necesito una calculadora con tantas funciones como habría requerido antes, durante la carrera. Y de las más básicas, la que más me gustaba era la de Marie Curie. Justo antes le había soltado la chapa a un amigo de mi novio sobre la importancia de enseñar a las niñas que Marie Curie no fue la única mujer científica de la historia y que no debería ser necesario ganar dos premios Nobel para que te recuerden. Y a continuación, entre todas las que había, me compré la de Marie Curie. Así soy yo, poco coherente, pero ‘me hago de querer’. Y, qué narices, ¡Marie molaba un montón! Así que nada, a tope con mi calculadora nueva.


Y eso es todo. A lo largo de este año también me he comprado tropecientos mil libros de divulgación científica y me han regalado otros tantos. Pero como de ellos voy haciendo reseñas conforme los voy terminando, no los incluyo en esta lista, que espero seguir engrosando. Porque pocas cosas me gustan más que las frikadas, y si son científicas, mejor que mejor.

14/4/19

Mi historia con el bullying



Aunque llevo casi tres meses sin publicar en el blog, ideas no me faltan, lo que escasean son las horas en el día. Tengo un par de libros que reseñar, algunas ideas sobre curiosidades científicas y otro tema de ciencia-personal. Y digo otro porque el tema de hoy no es meramente científico. Podría decirse que sí, que tiene su parte de psicología, pero en realidad no es en eso en lo que me voy a centrar. Hoy voy a hablar de bullying. De mi caso personal. Al fin y al cabo, este es mi rinconcito y si no lo cuento aquí, ¿dónde lo voy a contar?

Decidí escribir sobre este tema hace meses, pero sobre todo me decanté por ello cuando mi compañera Desirée escribió en Hipertextual un artículo sobre las consecuencias del bullying en las personas adultas. Y es que a veces no pensamos en eso. Muchas personas piensan que se trata de algo pasajero, una mala época. Como mucho puede que los casos más drásticos, con violencia física o vejaciones muy bestias sí que dejen huella, pero no los demás. Sin embargo, no hay nada más lejos de la realidad. No creo que mi caso fuese de los peores, ni muchísimo menos. De hecho, quiero dejar claro que este artículo no va con la intención de dar pena, sino de crear conciencia, para que los más jóvenes  dejen de reírle las gracias al abusón de turno y también para que los padres presten atención a cómo se comportan sus hijos con el resto de niños. También me gustaría que quienes acosaron a otros en algún momento de su vida hagan un poco de autocrítica y piensen si realmente ese comportamiento les hizo mejores o trajo algo bueno a sus vidas. Por todo eso os voy a contar mi historia. Porque ni siquiera los casos menos fuertes pasan en balde. Incluso esos se quedan muy dentro de quienes lo padecen, cambiando su vida, y normalmente no para mejor. Una gran bloguera a la que deberías seguir, Noelia, decía hace poco en una entrada sobre el mismo tema que no piensa dar las gracias a quienes la trataron mal por convertirla en quién es hoy en día. Y estoy totalmente de acuerdo con ella. Quizás te hace más fuerte, menos confiado, pero no es ni mucho menos algo que haya que agradecer, sino todo lo contrario.

Empecemos por el principio

Yo de pequeña era un niña bastante risueña, con mucho desparpajo y cero vergüenza. Mis padres siempre recuerdan entre risas una boda en la que fui de niña en niña preguntando: “¿Quieres ser mi amiga?”  Hasta que di con una que dijo que sí, nos agarramos de la mano y a jugar como si nos conociéramos de toda la vida. Así de fácil es ser persona cuando todavía no se ha corrompido la inocencia innata con la que venimos al mundo.

He aquí la niña risueña, con sonrisa de Beetlejuice


Mi madre trabajaba en casa, por lo que no fui a la guardería y mi primer contacto con el ambiente escolar fue a los 4 años, cuando empecé primero de preescolar. Al parecer el primer día fui la única niña que no lloró. Tampoco en los días sucesivos. Sin embargo, a medida que se acercaba la Navidad empecé a llorar y patalear cada mañana, gritando que no quería ir a clase. Es posible que tuviese algún problema en el colegio, pero lo cierto es que nunca dije nada y yo tampoco lo recuerdo, así que pasaremos a primaria sin más detalle que los típicos niños levantadores de faldas. Poco que destacar.
Ya en primaria sí que empecé a tener problemas con algunos niños. Se metían conmigo a diario y también me llevé algún que otro palo. La situación llegó a tal punto que mi padre intentó enseñarme algo de defensa personal. A MÍ. A mí, que me tropiezo con mis propios pies simplemente andando. Lógicamente, el pobre no consiguió nada. Pero al final no hicieron falta llaves, pues recuerdo que un día uno de esos niños estaba dando por saco y de repente lo cogí de la camisa y lo lancé contra un armario. Maravillas de que las niñas crezcamos antes que los niños. Él era chiquitiiito chiquitito. Y yo era bastante más grande, así que la niña que se tropezaba (y se tropieza) con sus propios pies superó su primer encontronazo con el bullying.

Los primeros años de primaria transcurrieron bien, con algún que otro momento de sentirme bicho raro, pero nada especialmente malo. Hasta que en los últimos años de primaria la cosa se empezó a complicar de nuevo. Un par de niñas se dedicaban a poner en mi contra al resto de personas de la clase, hasta el punto de que acababa pasando los recreos sola, sentada en las escaleras del porche. Hasta que me hice coleguita de un grupo de niñas pequeñas, de primero de primaria. Mejor eso que comerme sola mi sándwich de paté. Las cosas en clase seguían siendo incómodas. Acabé teniendo un par de amigas, pero el resto no me ponían las cosas fáciles. Eso sí, me hice amiga del niño más chungo de la clase. Un chico de estos que de primeras asustan, pero en el fondo son un cachito de pan. Yo me iba con él en los recreos y a ver quién era el listo que se metía conmigo. Así que primaria no fue para tanto. Pasemos a secundaria.

Nos vamos al instituto

Y llegó la ESO. Ya era toda una adolescente. Con mi primera regla, mis hormonas enloquecidas, el niño que me gustaba y al que no me hubiese declarado en mil vidas y la poda sináptica en todo su apogeo. Por introducir un conceptito científico y no perder la esencia del blog, la poda sináptica es un proceso por el que se eliminan conexiones neuronales innecesarias. Durante la infancia se van creando un montón de conexiones, algunas que usaremos y otras que no nos harán tanta falta, por lo que poco a poco, y especialmente en la adolescencia, comienza este proceso que optimiza mucho más los recursos del cerebro, al eliminar las menos útiles y reforzar las más necesarias, de modo que podamos centrarnos en tareas más complejas. Es una etapa de cambios en muchísimos sentidos y todo lo que nos ocurre nos afecta bastante más de lo que nos habría afectado en otros momentos de nuestra vida.

En esta etapa conocí amigos que todavía conservo y otros muchos que he perdido con el tiempo, pero lo cierto es que los primeros años no estuvieron del todo mal. ¿Y sabéis por qué? Porque por cosas de la vida solía caer en la clase de “los problemáticos”. ¡Problemáticos! Qué gran palabra. Y qué ambigua. ¿Problemáticos para quién? La mayoría eran repetidores, niños procedentes de familias desestructuradas o simplemente chicos y chicas que estaban deseando cumplir los 16 años para dejar de estudiar; porque, directamente, no era el sueño de su vida. Me encontré con alguno que se metía conmigo, pero en general estaba bastante cómoda. Hasta que un día una profesora del instituto que conocía a mi madre le dijo: “No entiendo por qué han metido a tu hija en esas clases, nos encargaremos de que el año que viene esté con niños más estudiosos” ¿Por qué? ¿Por qué? Con lo bien que estaba yo con mis compañeros “problemáticos”.

Pues, efectivamente, en 4º de la ESO me empezaron a meter con niños estudiosos, trabajadores y… acosadores. No todos, ojo, pero sí muchos de ellos.

Seamos justos. Yo a mis 15 años era bastante poco agraciada, con gafas, aparato y más gusto por la música clásica que por el botellón. Carne de bullying, vamos. Y encima me dio por escribir en la revista del instituto. ¡Y tocaba el piano! ¿Pero es que estamos locos? ¿Cómo se me ocurre?

Pues eso, que en unos años, desde la primaria hasta bachillerato, tuve como 10 motes diferentes, bastante poco amistosos. Los cuchicheos-algunos muy lejos de ser susurros-cuando iba por el patio se convirtieron en mi día a día y empecé a recibir algunas llamadas telefónicas molestas en mi casa. Eso sí, era la que más cartas de San Valentín recibía cada año. Solían ser de dos tipos, bien con insultos directos, bien fingiendo ser admiradores secretos, para crearme ilusiones a lo tonto. Que tampoco lo consiguieron, porque sabía que el chaval que me gustaba no me escribiría una carta en la vida, así que no coló nunca (más que nada porque yo no le gustaba, pero era buena gente y no se habría prestado a esas cosas). Sí que le cogí un asco considerable a San Valentín. Se encargaron de que le perdiera ese asco primero un buen amigo y luego el que ahora es mi novio (gracias Miguel, gracias Alex).  Pero costó un poco.

Pero vuelvo a que mi caso no fue de los peores. Yo he visto a personas desarrollar trastornos de la conducta alimentaria por culpa del acoso. He visto como a una niña le pedía salir el chico popular que le gustaba simplemente porque había hecho una apuesta con sus colegas, para echarse unas risas y darse golpecitos UNGA UNGA en el pecho. En mi caso la cosa no fue tan fuerte. Se metían con mi físico, se reían de mis aficiones y se preocupaban enormemente por mi vida sexual. En serio, creo que no dormían porque estaba ya para cumplir los 18… ¡y era virgen! ¡Qué osadía! Una niña me llegó a decir que estaba desperdiciando mi juventud. Porque es bien sabido que la juventud dura hasta los 20 y si no has follado para entonces ya no te has desarrollado bien como persona. ¿Pues sabéis qué? Que la semana que viene cumplo 30 años… ¡y disfruto de mi juventud todavía! Y no porque ya no sea virgen, sino por varios millones de cosas más.

No tenía fotos de bachillerato, pero sí esta de primero de carrera, cuando tampoco había pasado mucho tiempo


Y nada, seguí desperdiciando mi juventud, hice la selectividad y me fui a Sevilla a estudiar biotecnología. ¡Menudo cambio! Por aquel entonces mi carrera era la que tenía la nota de corte más alta de Andalucía, así que muchos de los allí presentes habían sido como yo, gente estudiosa, con aficiones “raras”, que se encontraron con personas que pagaban su propia frustración metiéndose con ellos. Al conocerlos me di cuenta de que ser raro es lo más. A día de hoy, cuando doy charlas en colegios, me gusta decirlo. ¡Ser raro mola! Y el que diga lo contrario está desperdiciando su juventud.
Así fue como conocí a los que en la actualidad considero mis mejores amigos: Ángela, Amalia, Valen, Fernando, Mario… Todos siguen siendo muy especiales para mí a día de hoy y aunque no suela decírselo a ninguno, gracias a ellos se fue curando un poco todo lo anterior.

Las consecuencias sobre la vida adulta

Ya contado todo, queda la parte más importante de esta historia. ¿Por qué narices os la estoy contando? Porque, como decía al principio, todo pasa, pero deja marcas. Sigo siendo tan risueña como al principio y tengo una vida con bastantes intermitencias de felicidad (la felicidad absoluta no existe, en mi opinión, pero eso lo dejamos para otro momento). Pero hay algo que ha cambiado bastante en mí. Soy extremadamente insegura. A menudo sufro ansiedad cuando tengo que hablar en público, cuando conozco a una persona paso las primeras horas pensando que le estoy cayendo fatal y tengo un temor bastante grande a hacer el ridículo. Además, le tengo pavor a las discusiones, me ponen nerviosa y pienso todo el rato que me estoy quedando en evidencia. Todo esto me ha impedido en el pasado (y también en el presente) hacer viajes que me apetecían, solicitar ofertas de trabajo que me gustaban o hacer algo tan simple como apuntarme a clases de baile.

No me he quedado muy tocada, claro que no, pero mis inseguridades son una mierda y puedo decir que buena parte de ellas se las debo a todas esas personas que me he cruzado en mi vida, que posiblemente eran tan inseguras como yo ahora y decidieron que no estaría mal compartir un poco esa inseguridad con los demás. Pensaban que eso les hacía más grandes. Pero en realidad les hace ridículamente pequeños. Como conté hace poco en Twitter, a día de hoy sé de una de aquellas personas, que ha reconocido sentirse mal por cómo me trataba, alegando que se metían conmigo porque era inteligente. Pisotear al inteligente, llegaremos lejísimos como sociedad de esa forma.

Yo tuve suerte. Tuve una familia que le dio importancia a mis problemas y se implicó en ellos, profesores que hicieron todo lo que pudieron por apoyarme y amigos que me hicieron sentir menos sola. También tuve la suerte de que mi inocencia me hizo confiar a pies juntillas en el karma. Cuando me puteaban me decía a mí misma: “Pasa de ellos, en el futuro tú tendrás una vida de la leche y ellos estarán frustrados con la suya”. Ahora muchos de ellos viven a todo tren, con trabajos maravillosos y casas excelentes. A mí me encanta mi vida. Adoro mi trabajo, me encanta mi piso de alquiler y estoy rodeada de personas estupendas. Pero, karma, ya podías haber trabajado un poco.

He tratado de contar todo esto con humor, pero dejando claro que no hay casos pequeños de acoso. El acoso debe ser inaceptable, sea cuál sea su intensidad o la razón por la que se dé. No importa si el niño es aparentemente pedante o crees que está ideológicamente equivocado. Hace tiempo una de las niñas que se metían conmigo en el instituto me pidió disculpas y me dijo que, cito textualmente, “creía que era facha”. Primero, a ver dónde tengo yo las pintas o la forma de actuar de un facha y, segundo, así sea el niño de las nuevas generaciones de VOX. Si acosas a alguien porque crees que tiene una ideología conservadora o que atenta contra los derechos sociales, estás actuando como esas personas a las que tanto criticas. No hay excusas. No vale con decir: “Yo solo me reí”. Las risas hacen MUCHO daño. Los cuchicheos también. No vale con asegurar que solo fue una vez. No hay un número de insultos mínimos para que se considere acoso. Si lo hiciste y tienes algo de conciencia, puedes levantar el teléfono o escribir un correo pidiendo perdón. Si has observado el más mínimo comportamiento de acosador en tus hijos, asegúrate de que comprendan las consecuencias de lo que hacen. Nunca culpes al acosado, porque el bullying no lo reciben los niños débiles. Lo suelen recibir los niños que suponen una amenaza para el ego del que los maltrata. Tenemos muy equivocado el concepto de debilidad. Si eres tú el que lo recibe, no te culpes a ti mismo, no te lo calles. Háblalo con tu entorno y recuerda siempre que el karma no te ayudará a que tengan un trabajo peor que el tuyo o a que tu coche sea más caro. Pero con el tiempo entenderás que tú eres abismalmente mejor que ellos. Y eso, en cierto modo, también es una forma de justicia.  

27/12/18

Reseña: La extraordinaria liga de la ciencia



La Navidad es una época de extremos. En mi opinión, pocas personas la ven como una fiesta que ni fu ni fa. O la adoran o la odian. Yo me encuentro en el primer grupo. Ojo, que soy consciente de que es un reservorio de consumismo y falsa felicidad, que se puede hacer un poquito pesada en algunos casos. Pero me encantan los adornos, los regalos (tanto recibirlos como darlos), las cenas con amigos a los que veo una vez al año y las reuniones familiares. En cuanto a villancicos, soy más del “Villancico del rey de Extremadura”, que se caga literalmente en la Navidad, pero bueno, a mí me gusta. La parte Mr. Wonderful no la domino, pero de verdad que, a mi manera, me flipa la Navidad. Por eso me ha hecho tanta ilusión recibir en estos días el álbum de cromos de La Extraordinaria Liga de la Ciencia, de Principia.

Lo he recibido junto a cinco chapitas, diez sobres de cromos y un imán de nevera, todo ello recompensas por mi aportación como mecenas al proyecto. ¿Pero cómo no iba a aportar para el proyecto? Desde que leí sobre ello por primera vez supe que me encantaría tenerlo y coleccionar los cromos. De hecho, ya escribí sobre el tema en Hipertextual, pero ahora que lo tengo entre mis manos quería contar mis impresiones sobre él aquí, en mi rinconcito personal.

El imán lo tengo en la nevera en casa y estoy de vacaciones en el pueblo, pero es súper bonito. 

Una maravillosa regresión a la infancia
De pequeña me flipaban los cromos. No me importaba la temática. Especialmente me gustaban los de Pokémon, como a buena niña de los 90 que soy, pero me atraían todos. De hecho, recuerdo que durante una época compraba todos los días un Bollycao en el quiosco que había junto a mi cole, solo por una colección de cromos de animales que regalaban. Jamás en mi vida me han gustado los Bollycaos, así que le sacaba el cromo y le daba el bollo a quien pillara. Menos una vez que vino a reclamármelo un niño mayor que le robaba la comida del recreo a los pequeñajos. Le hice cara y me negué a dárselo y tuve la grandísima suerte de que el chaval amenazaba con pegar, pero no pegaba. Toda la vida he sido así: muy inconsciente y sin tener ni media hostia. Demasiado bien me ha ido. Pero bueno, esa es otra historia.

El caso es que me gustaban mucho los cromos. Por eso me atrajo la nueva idea de Cristina Escandón, Enrique Royuela y Javier Díaz-Romeral, los creadores de Principia: una colección de cromos de grandes científicos y científicas de la historia, divididos en diferentes equipos. El proyecto mantiene la esencia de la revista, que une arte y ciencia, dos disciplinas que, en mi opinión, casan a la perfección. Las ilustraciones, llevadas a cabo por Ángela Alcalá y Marina Mandarina, son preciosas. Captan estupendamente la imagen de cada personaje, pero de una forma simpática y colorida, que se reconoce como un sello propio de la colección. En total son 156 científicos, divididos en doce equipos: Pioneras, Biología, Física, Química, Matemáticas, Geología, Biomedicina, Tecnología, Astronomía, Inventos, Ciencia española y Ciencia actual.


Lógicamente, entre tantísimo personaje hay muchos que seguramente ni los niños ni sus padres sepan quiénes son. En mi caso, que disfruto leyendo biografías de científicos, hay un montón cuyo nombre ni me suena. Pero, tranquilos, porque está todo pensado. En principia han desarrollado también una app en la que podemos ir introduciendo nuestros cromos, escaneando el código que contienen detrás. De este modo no solo podemos tener en nuestro móvil una copia de la colección, sino que también nos aparece una breve biografía del científico en cuestión. Si aún no habéis empezado la colección no seáis tan torpones como yo, que me pudo el ansia y dejé la app para el final, así que cuando me quise dar cuenta solo podía escanear los tres que tengo repes, porque los demás estaban ya pegados en el álbum y con su papelito en la basura.


Es súper divertido ir abriendo sobres y encontrando los cromos de personajes a los que admiras. Por ejemplo, me hizo un montón de ilusión encontrarme el de Dian Fossey o el de Rosalind Franklin, tan mona, con su fotografía 51 en la mano. Pegarlos también es divertido, aunque sigo teniendo la misma habilidad manual que a los 6 años: el 90% de los cromos se me salen de su recuadro.

No tardaré en pedir una nueva remesa de cromos. De momento se pueden comprar en su pagina web en paquetes de 10 sobres, a un precio de 10 euros. Un euro el sobre, vamos. Con el tiempo se podrán ir comprando también en los establecimientos en los que se vendan Principa Magazine y Principia Kids y también en algunas jugueterías. En cuanto a los cromos repes, se ha hablado de hacer quedadas para intercambiarlos. Yo, de momento, me llevo mis tres repes a Naukas Córdoba. Aquí lo dejo, si alguien se va a llevar los suyos, que me avise.

He aquí mis cromos repes

En definitiva, me parece una iniciativa genial para que los niños descansen un poquito de los cromos habituales y aprendan sobre ciencia de una forma divertida. Pero también me parece estupendo para adultos a los que nos encanta sacar a pasear de vez en cuando al niño que llevamos dentro. De hecho, es un paseo que todos deberíamos dar más a menudo. Nos iría mucho mejor en la vida.

24/9/18

Mi primera vez en Naukas



Una semana después de su fin, reúno el tiempo suficiente para poder contaros en condiciones mis impresiones sobre Naukas Bilbao 2018. Podría haberlo hecho antes, pero las sensaciones que me traje desde Bilbao eran tantas y tan buenas que no podía soltarlas de sopetón en cualquier ratito, así que he preferido esperar a sentarme con calma frente al ordenador.

Para mí, ir a este congreso ha sido siempre algo así como para un niño pequeño ir a Disneyland, un deseo que está ahí, pero que se va posponiendo hasta que, finalmente, aparece el momento perfecto para llevarlo a cabo y disfrutarlo a tope.

Supe de Naukas Bilbao por primera vez en 2012. Por aquel entonces acababa de terminar la carrera y estaba a punto de comenzar mi máster. Aún no me dedicaba a nada relacionado con la comunicación científica, aunque el mundillo llamaba mucho mi atención. Sin embargo, no tenía suficiente información para plantearme recorrer los más de 900 kilómetros que separan Almería de Bilbao, de modo que lo dejé pasar. Con el tiempo fui leyendo más blogs y conociendo nuevos divulgadores; hasta que, poco a poco Naukas terminó convirtiéndose en mi Disneyland particular. Durante los últimos años han ido surgiendo excusas que me impedían ir hasta allí, pero este año decidí que nada me lo impediría, así que compré los billetes con tiempo. De momento puedo decir que, del mismo modo que en su día ocurrió con el país de Mickey Mouse, el congreso no me defraudó en lo más mínimo, pero el evento merece una explicación bastante más desarrollada que esa.

La gran gala de la ciencia española
Aunque Naukas se desarrolló durante cuatro días, no pude ir ni a Naukas Pro, celebrado el jueves, ni a Naukas Kids, que tuvo lugar el domingo. Por eso, sólo puedo dar mi opinión acerca de las charlas del viernes y el sábado.

El formato durante esos dos días fue el que ya se ha convertido en un clásico de Naukas: intervenciones de diez minutos, en los que el ponente da las pinceladas justas y necesarias para captar la atención del público y que cada cual decida informarse en profundidad sobre los temas que le han resultado más interesantes. No voy a desarrollar todas y cada una de ellas, más que nada porque en la página de EITB pueden verse los vídeos completos. Por eso, simplemente diré cuál ha sido mi impresión general.

En Naukas la ciencia es una gran protagonista, pero comparte escenario con otras cualidades muy necesarias en la divulgación científica: el humor, la solidaridad, el pensamiento crítico y el arte. Muchos de los ponentes desarrollaron su charla en tono de humor, arrancando continuamente las risas de las más de mil personas que llenaron cada día el Palacio Euskalduna. Sin embargo, los que se llevaron la palma en este ámbito fueron los dos duetos musicales del congreso. Por un lado, Rafaella y Raphael Natalia Ruiz y Manuel González, dieron una clase magistral de astronomía, acompañada de la música de algunos de los temas más conocidos de Rafaella Carrá y Raphael. Con actuaciones como esta ambos se están forjando un verdadero batallón de fans en toda España, y no es para menos, pues consiguen hacer llegar al público general conceptos a priori complicados, gracias a su inigualable puesta en escena.

Pero este año no han sido los únicos que se han animado con las versiones musicales,  ya que Gemmadel Caño y Marian García recurrieron también a ellas para mostrar a los que estábamos allí qué debemos buscar en las etiquetas de los tres ingredientes principales del sándwich mixto. Por mi parte, puedo decir que ahora paso mucho más tiempo en el supermercado y que sus mejores éxitos resuenan en mi cabeza cuando estoy a punto de echar al carrito el pan con masa madre, los tranchetes y el pavo que antes solía comprar. Debo tomarme mi tiempo, sí, pero mi salud lo agradecerá.

Según he podido ver, parte de la magia de Naukas reside en que sus ponentes consiguen arrancar las lágrimas de la audiencia, algunas veces a través del humor y otras llegando a lo más profundo de su alma. Esto es lo que ocurrió con ponencias como la de Dolores Bueno, con su testimonio personal sobre el suicidio, o la de Jesús Gómez, que explicó cómo él y sus compañeros de Cienciaterapia utilizan juegos y experimentos científicos para hacer más llevadera la vida de  los niños hospitalizados.

En cuanto al pensamiento crítico, todos y cada uno de los ponentes incidieron de un modo u otro en su importancia; aunque, sin duda, uno de los que más lo hicieron fue Edzar Ernst, quien este año se ha convertido en el responsable de la primera charla en inglés de Naukas.

Varios ponentes incidieron también en la importancia de no diferenciar entre ciencias y letras, pues no son disciplinas independientes, ya que pueden (y deben) colaborar entre ellas. Esta premisa estuvo muy presente en intervenciones como la de Javier Burgos, cuya charla estuvo llena de historia y referencias literarias interesantes.

Siguiendo en esta línea, también se dio especial importancia al arte en todas sus variantes. Por ejemplo, Déborah García Bello se centró en la escultura, mientras que Almudena M. Castro e Iñaki Úcar hicieron un maravilloso repaso por la relación entre la física y la música, acompañados de la deliciosa música de la Orquesta de la Universidad del País Vasco. Lógicamente, tampoco podía faltar la pintura, que apareció en ponencias como la de Karmele Gómez Garmendia, al mostrar cómo convierte en arte su particular forma de ver el mundo, o la de Carlos Briones, que contó en diez minutos la historia del universo, desde sus orígenes hasta la actualidad, a través de una minuciosa selección de pinturas.

Si hay algo que se concluye de eventos como este es que la ciencia está hecha para la gente y que sería muy injusto que, como beneficiarios que somos, no estuviésemos informados de sus avances. Afortunadamente, gracias a la labor de todas y cada una de las personas que pisaron el Palacio Euskalduna durante esos cuatros días, los tiempos en los que la ciencia era sólo cosa de los científicos han quedado ya muy atrás.

Finalmente me quedo con la reacción de la amiga que me acompañó a Bilbao, que mientras salíamos de la última charla me dio las gracias por convencerla para ir al congreso. Está claro que Naukas engancha. Por eso, a mí no me cabe ninguna duda de que haré todo lo posible por volver en 2019.  Ni siquiera me sentí así después de visitar Disneyland. Supera eso, Mickey Mouse.